El clamor del público

Cuando me preguntan cómo me metí en esto nunca sé qué contestar. No tengo ninguna tierna historia detrás sobre cómo mi padre y yo disfrutábamos de los combates por la tele después de cenar. Tampoco tengo un historial delictivo, no lucho para encauzar mi vida ni nada por el estilo. Estaría bien, a lo mejor alguien querría hacer una película sobre mi vida o algo, pero esa no es mi historia. Ni siquiera tuve una adolescencia rebelde, por lo menos no más de lo habitual. Siempre me gustó hacer deporte, eso es cierto. También lo es que nunca se me dio muy bien eso de encajar en un equipo. Qué puedo decir, no me gusta depender de los demás. Pero me gusta la competición. Soy una persona muy competitiva, tal vez demasiado, no lo sé. Si tuviera que elegir qué es lo que más me gusta de todo esto, cuál es el motivo que me hace subir al ring cada semana, probablemente sería esa, que me encanta ganar. Y siempre gano.

Mantenerse en forma no es difícil, cualquiera puede hacerlo. Un par de horas en el gimnasio cada día te permiten conseguir un cuerpo como el mío. Un cuerpo ganador. Pero no es lo único que necesitas para ganar. No importa lo definidos que estén mis músculos, ni lo ágil y flexible que pueda llegar a ser. También hace falta habilidad. Saber cuándo tienes que lanzar un golpe y cuando tienes que encajarlo. Saber cómo moverte. Qué demonios, incluso saber cómo respirar. No es broma. En competiciones bajas la mayoría de las cagadas que se ven están relacionadas con la respiración. Pero vamos, eso no es nada que no pueda ser aprendido por el viejo método de hacerlo una y otra vez hasta que te salga de forma automática. Hacerlo sin pensar es importante, cuanto menos tiempo pierdas en decidir cómo moverte, más tiempo puedes invertir en analizar a tu oponente, en comprender cómo se mueve. Así se ganan los combates. Cada pelea es como una partida de ajedrez. Una batalla en campo abierto donde tus unidades son las partes de tu cuerpo. A veces hay que sacrificar una tropa para conseguir un objetivo mayor. Otras veces la victoria reside en resistir hasta que al enemigo se le acaben los recursos. Cuanta más información obtengas de tu rival, más posibilidades tienes de ganar. Observar, analizar, reaccionar. Ese es mi secreto.

Mi familia me apoya, por supuesto. También mis amigos. Los que no pertenecen al mundillo, quiero decir. Pero aunque traten de ocultarlo no pueden evitar preocuparse por mí cada semana. Lo noto. Me siento un poco mal por ellos, pero supongo que es normal que no disfruten de ello. Es cierto que se me da de miedo, pero también es cierto que no puedes pelear sin recibir golpes. Algunos bastante feos. No me gusta que se preocupen por mí, pero no creo que exista nada que me pueda alejar de esta vida. Los nervios que empiezan nada más entrar en el vestuario. El notar como el tiempo se dilata cuando suena la campanada del primer asalto. La adrenalina tras recibir el primer golpe. El sabor del sudor en tu lengua. La sensación de poderío cuando el oponente cae al suelo. Y por supuesto el clamor del público cuando el juez levanta tu brazo.

El clamor lo es todo. Es como el postre más rico que puedas comer después de una deliciosa comida. Entra por tus oídos, pero rellena cada esquina de tu cuerpo hasta la punta de los pies. En ese momento nada más existe para ellos. Sólo tú. Y nada más existe para ti. Sólo ellos. Es una sensación que dura hasta que vuelves al vestuario y las puertas amortiguan el sonido. Entonces vuelves a la realidad. Los músculos vuelven a doler, vuelves a sentir la sangre brotando de las heridas, el sudor chorreándote por la cara, pero el calor que te han dado lo sigues teniendo. Eso no te deja. Te duchas y descansas,  tu cuerpo se recupera y esa dulce sensación te sigue acompañando. Al día siguiente te arreglas y sales a celebrarlo con tus amigos. Pero antes de cruzar la puerta te miras al espejo y te dices: “Míriam, el público te adora”.

La imagen de cabecera es una fotografía hecha por Araza123  bajo licencia de Creative Commons (CC BY 2.0)
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